lunes, 29 de noviembre de 2010

Un Lugar para Nacer



De Soliloquios de Belén - Giovanni Papini
EL DUEÑO DEL ESTABLO
   
Ya he dicho que sí, pero casi, casi me arrepiento… En la posada no los han querido, no tenían donde caerse muertos… Son débiles: me he dejado conmover, especialmente por ella, con esa cara humilde y sin embargo apasionada, con sus ojos de niña que ha venido de un mundo más claro que el nuestro. Y parece que lleve un gran secreto contra el pecho como otra llevaría un ramo de flores. Es tan inocente, cándida, pura, que parece imposible que tenga que parir de un momento a otro…
No he tenido valor para sacármela de encima, de noche, en ese estado: acaso he obrado mal, pero ya no hay remedio. Se han sentado en el establo, en silencio; como si esperasen sin palabras o esperasen un milagro.
También el viejo parece una persona de bien. Asiste a esa pobre mujer con tantos miramientos como si ella fuese una reina y él un señor convertido en esclavo. No entiendo nada. Van por el mundo solos, sin un criado, sin una mujer que pueda ayudar a esta niña que está a punto de sufrir… ¿Por qué habrán salido precisamente los últimos días del embarazo? Llevar a esa pobrecita por los caminos, en este mes frío y en sus condiciones, no es propio de un hombre juicioso.
Total, que no he tenido valor para dejarlos marchar desconsolados. El establo es viejo y sucio, pero, por lo menos, tienen un poco de techo sobre la cabeza y las bestias siempre dan un poco de calor. Aunque me haya equivocado, lo he hecho con un buen fin: el Señor no me castigará. He sentido como si una voz interior me empujara a albergar a esos dos pobres extraviados. Y hasta el Libro ordena dar albergue a los peregrinos abandonados. ¡Dios quiera que todo termine bien para ellos y para mi!



Un Lugar para Nacer

La representación del Primer Pesebre de la Historia
Greccio, Italia, 1223


Tres años antes de su muerte, San Francisco de Asís decidió celebrar con la mayor solemnidad posible el nacimiento del Niño Jesús. 
Esto ocurrió en Greccio, Italia, año 1223.
San Francisco hizo preparar un pesebre, trajo algo de heno, un asno y un buey. Luego convocó a sus hermanos y vecinos del lugar. Esa noche a la luz de las antorchas entonaron cánticos y se celebró una misa usando ese pesebre como altar. Cuentan que San Francisco derramaba lágrimas de alegría y toda la gente se sintió conmovida, porque lograron vivenciar el milagro de Belén, cuando nació el Niño Jesús.

El ejemplo de San Francisco despertó a las almas dormidas y el heno utilizado sirvió de remedio a los animales enfermos y de protección contra todo tipo de males.

Desde mi punto de vista no hay magia en preparar un pesebre. 
Pero reconozcámoslo: No hay Navidad sin pesebre.  


Josefa de Óbidos: San Francisco y Santa Clara adoran al Niño Jesús
Representar el nacimiento de Jesús a través de lo que llamamos "el Pesebre", ("Belén" en la cultura española) contextualiza nuestra celebración y nos ayuda a enfocar nuestra atención en el Niño de Bethlehem (Belén) como lo llamó San Francisco de Asís.
Por cierto, en España la construcción y producción de un Belén es todo un arte. Es maravilloso cómo cada artista trata de representar hasta el último detalle de una escena tan antigua, tan universalmente  imaginada y tan amada por todo el mundo cristiano.



Hay quienes piensan que el lugar físico donde Jesús nació nada tiene que ver con las representaciones que se ven hoy, que habitualmente son retablos de madera. 
Se cree que se trataba de una cueva. 
Como quiera que haya sido entonces, 
Jesús al igual que hoy, 
sólo necesita un lugar para nacer
Su sola presencia cambia, completa, llena, ilumina y da significación a la palabra gozo.
 

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