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| Carl Larsson 1853 - 1919 |
La Tía Mónica
Ángeles Mastreta
De Mujeres de Ojos Grandes
A
veces la tía Mónica quería con todas sus ganas no ser ella. Detestaba su pelo y
su barriga, su manera de caminar, sus pestañas lacias y su necesidad de otras
cosas aparte de la paz escondida en las macetas, del tiempo yéndose con
trabajos y tan aprisa que apenas dejaba pasar algo más importante que el
bautizo de algún sobrino o el extraño descubrimiento de un sabor nuevo en la
cocina. La tía Mónica hubiera querido ser un globo de esos que los niños dejan
ir al cielo, para después llorarlos como si hubieran puesto algún cuidado en no
perderlos. La tía Mónica hubiera querido montar a caballo hasta caerse alguna
tarde y perder la mitad de la cabeza, hubiera querido viajar por países
exóticos o recorrer los pueblos de México con la misma curiosidad de una antropóloga
francesa, hubiera querido enamorarse de un lanchero en Acapulco, ser la esposa
del primer aviador, la novia de un poeta suicida, la mamá de un cantante de
ópera. Hubiera querido tocar el piano como Chopin y que alguien como Chopin la
tocara como si fuese un piano. La tía Mónica quería que en Puebla lloviera como
en Tabasco, quería que las noches fueran más largas y más accidentadas, quería
meterse al mar de madrugada y beberse los rayos de la luna como si fueran té de
manzanilla. Quería dormir una noche en el Palace de Madrid y bañarse sin
brasier en la fuente de Trevi o de perdida en la de San Miguel. Nadie
entendió nunca por qué ella no se estaba quieta más de cinco minutos. Tenía que
moverse porque de otro modo se le encimaban las fantasías. Y ella sabía muy
bien que se castigan, que desde que las empieza uno a cometer llega el castigo,
porque no hay peor castigo que la clara sensación de que uno está soñando con
placeres prohibidos. Por eso ella puso tanto empeño en hacerse de una casa con
tres patios, por eso inventó ponerle dos fuentes y convertir la parte de atrás
en casa de huéspedes, por eso tenía una máquina de coser en la que pedaleaba
hasta que todas sus sobrinas podían estrenar vestidos iguales los domingos, por
eso en invierno tejía gorros y bufandas para cada miembro respetable o no de su
familia, por eso una tarde ella misma se cortó el pelo que le llegaba a la
cintura y que le gustaba tanto a su amoroso marido. Tan amoroso que para
mantenerla trabajaba hasta volver en las noches con los ojos hartos y una
beatífica pero inservible sonrisa de hombre que cumple con su deber. Nadie ha
hecho jamás tantas y tan deliciosas galletas de queso como la tía Mónica. Eran
chiquititas y largas, pasaba horas amasándolas, luego las horneaba a fuego lento.
Cuando por fin estaban listas las cubría de azúcar y tras contemplarlas medio
segundo se las comía todas de una sentada. – Lo malo- confesó una vez – es que
cuando me las acabo todavía tengo lugar para alguna barbaridad y me voy a la
cama con ella. Cierro los ojos para ver si se escapa, pero no. Entonces hablo
con Dios: "Tú me la dejaste, te consta que he soportado todo el día de lucha.
Ésta va a ganarme y a ver si mañana me quieres perdonar" Luego se dormía con la
tentación entre los ojos, como una santa.
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| Carl Larsson 1853 - 1919 |
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